La memoria escrita del tablero
A veces, la tinta también recuerda.
No estaban a la vista. Nunca lo están. Los pergaminos aparecieron plegados sobre sí mismos, ocultos en una hornacina cegada por el tiempo, tras una yesería secundaria en una estancia anexa al Patio de los Arrayanes. Fragilidad extrema. Piel curtida. Trazos mínimos. Como si no quisieran ser leídos de golpe.
Son kifus. Diagramas de partidas de Go para tableros de 15×15. O algo muy parecido.
“Esto ya no es un objeto”, reconoce el Dr. Jaime Alcázar, esta vez sin intentar disimular la emoción. “Esto es transmisión de conocimiento. Alguien quiso que estas partidas sobrevivieran”.
Los pergaminos han sido datados, con cautela, entre finales del siglo XIII y comienzos del XIV. El trazo es firme. Seguro. No parece un aprendizaje. Más bien lo contrario. Movimientos avanzados. Secuencias largas. Algunas partidas se interrumpen de forma abrupta, como si el jugador hubiera decidido que el final no debía escribirse.
No hay nombres. No hay firmas. Solo una marca repetida en varios pliegos: un pequeño símbolo geométrico, casi un sello. Tres líneas y un punto. Su significado es, por ahora, un misterio.
Los especialistas en Go que han podido ver las reproducciones coinciden en algo inquietante: las partidas no siguen escuelas conocidas. No son chinas. No son japonesas ni coreanas. Algunas aperturas resultan extrañas. Poco ortodoxas. Y sin embargo, funcionan. Controlan el tablero. Asfixian al rival con paciencia.
“La sensación es que alguien entendía el juego de una forma distinta”, explica un jugador profesional consultado por el equipo. “Como si el objetivo no fuera ganar, sino encerrar”.
La profesora Marina Jiménez mantiene la prudencia, pero su escepticismo se ha vuelto más fino. “No podemos afirmar que se trate de Go sin reservas”, insiste. “Pero sí podemos decir que quien dibujó esto pensaba en términos de espacio, influencia y sacrificio. Eso, en Al-Ándalus, no es casual”.
¿Eran lecciones? ¿Ejercicios para príncipes? ¿Partidas jugadas en secreto, lejos de los patios y las fuentes? La Alhambra siempre ha sido un lugar de poder contenido. De decisiones tomadas en voz baja.
El Patronato guarda los pergaminos en cámaras de conservación. No habrá exposición inmediata. No habrá imágenes de alta resolución. “Son extremadamente delicados”, se limitan a decir. Como si el problema no fuera solo físico.
Así que ahora ya no es solo un tablero de piedra.
Ni unas fichas de madera y ámbar.
Es un juego pensado. Jugado. Anotado.
Un legado que no necesitaba palabras.
Porque algunos movimientos, como algunas decisiones,
solo se entienden siglos después.

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